Creo que me está enganchando esto de escribir post. Lo que empezó inspirado por gente como  @santidemolina @arquitectamos @EnriqueAlario @ARQcoaching entre otros muchos, (salvemos las distancias), se va convirtiendo en una costumbre que me mantiene, mensualmente, atento a mis pensamientos para intentar expresarlos, lo más certeramente posible, en unas pocas líneas.
Obviamente ni me atrevería a compararme a espacios como los mencionados anteriormente, ni a la calidad de sus contenidos. Soy un neófito en casi todos los aspectos sobre los que me gusta tratar y, no sé si algo temerario por marcarme referencias tan contrastadas, pero, si con alguna de mis “puestas en común” consiguiese despertar cierto interés en alguien, o incluso, abrir un pequeño debate, me sentiría más que satisfecho.
Normalmente, soy, o era, cada vez procuro serlo menos, lo que llamaría un sujeto pasivo de las redes sociales, sobre todo en twitter. Me limito a repasar, leer y hacer, cuando quedo sorprendido o me siento identificado, algún “RT” o “like”. Ahora procuro activarme, contribuir a lo que este en mi mano y escuchar. Escuchar o, en su defecto, leer, aprender, intentar pensar.
La noche es el momento. Llegar a casa de la oficina y, tras cenar, abrir twitter antes de dormir, que permanece cerrado durante el día, como una semilla que necesita germinar con cada puesta de sol, para dedicarle tiempo a la lectura y esperando encontrar una nueva entrada sobre la que “clicar” para leer, aprender, intentar pensar.
Reconozco que varias veces me he sentido tentado por la idea de usarlo más a menudo, de meterme casi a cada rato que tenga, de ojear los tweets pero ¿y el tiempo?…AY EL TIEMPO.
Al final siempre vuelvo a la misma conclusión, quizás equivoca, o no, del tiempo.  ¿Se merece el mismo tiempo Instagram que twiter? Sinceramente me parece, aun siendo todas redes sociales, que cada una necesita de su tiempo, de sus espacios, de su tempo que diría el maestro Campo Baeza. Porque no puede ser lo mismo ver que leer. No puede ser los mismo observar que ojear. Al final parece que todo dependerá de quien sea el emisor, de quien sea el receptor. Del interés en lo que se mira, se observa, se lee, se ojea.
Por eso, y a raíz de uno de esos mensajes de 280 caracteres que leo por las noches. He decidido y me gustaría hablar del tiempo. El tiempo y la arquitectura. Para ello abro este contenido con una frase que, quien haya leído a Alberto Campo Baeza, podrá asociar enseguida con estos conceptos, pero que, si ha atendido a otros muchos maestros del panorama actual como Francisco Mangado o Emilio Tuñón, advertirán las mismas intenciones referidas al tema.
Asegura A. Campo Baeza, resumiendo, que la arquitectura debería ser como el arroz. El arroz son veinte minutos, ni más ni menos. Si sale antes sale duro y si no, se arrebata. Tiene su tiempo. Y empiezo con lo que hace unos días leía en twitter:
“Al final siempre es una cuestión de tiempo. De tener tiempo, de saber aprovechar el tiempo, de matar el tiempo, de cuánto tiempo… El tiempo es lo único que importa y hay el que hay. Es el que es” de @parranoicarq.
Automáticamente resumí en mi cabeza este mensaje con la tan popular frase “el tiempo es oro”. ¿Pero de cuánto tiempo disponemos para hacer arquitectura? ¿Necesitamos el mismo tiempo para hacer arquitectura que para hacer “un proyecto”? 
Cuando hace unos meses presenté mi proyecto final de carrera «LA CAJA FRENTE AL ESTUCHE», me hice las mismas preguntas. Abogaba para este mismo concepto. Intente reflexionar, proponiendo una nueva tipología de edificio para asistencia primaria, alejada de tópicos fundamentados, muchas veces, en la necesidad del YA. Proponía y pretendía abrir debate sobre si, es el tiempo, el poco tiempo del que se dispone, el que nos ha llevado a lo largo de la historia a realizar estas tipologías de edificios asistenciales que conocemos, o es que realmente funcionan así y no podrían ser de otra manera. Obviamente yo plantee algo totalmente diferente. Obviamente se podría extrapolar a cualquier otra tipología edificatoria.
Meses después, tras dejarme el trabajo en el que estaba, decidí abrir mi propio estudio de arquitectura, con un compañero, alentado por esa idea aun del tiempo, de proyectar con tiempo, de procurar tiempo.
A los arquitectos, no sé en qué momento de la carrera exactamente, nos inyectan esa mezcla de ingenuidad y estupidez que te hacer dejar o rechazar trabajos por cuenta ajena para, por cuenta propia pelear en la calle. Que agonía más grata. Ya lo decía Siza.
Jóvenes e inexpertos nos adentramos en la selva del tiempo, que muchos confundirán con el de la arquitectura. Creíamos que importaba algo lo que pensábamos sobre el trabajo y nada más lejos de la realidad. El tiempo importa si, pero el del cliente. No importa el de un buen proyecto. No importan los plazos administrativos. Lo que importa es el ayer.
Nosotros, ingenuos, aún nos resistimos y luchamos fervientemente… hasta que nos toca pasar por el aro. Las facturas llegan y no parece buena idea evadir el pago. Lo clientes te exigen empezar ayer, incluso antes si quiera de tener la licencia de obras. En la calle todo es desleal, desde el tiempo hasta los honorarios (si escribo este párrafo con solo 4 meses de vida, que escribiré el año que viene), pero ahí estamos procurando hacer las cosas diferentes. Temerosos de aquello que muchos nos dicen “al final acabareis haciendo como todos, os acomodareis” y esperando que no llegue nunca ese momento.
Recuerdo una charla de F. Mangado (sobre min35) en la que contaba cómo le habían encargado un edificio para entregar el proyecto en unos pocos meses. Contaba que tenía recursos para hacerlo, pero no tenía tiempo para elaborar un buen proyecto. El tiempo es lo verdaderamente importante… Al final reconocía que lo entregara (no quedaba otra).
Si él lo hizo como no lo voy a hacer yo. Al final, parece que todo se resumen en aprovechar los recursos de los que disponemos e intentar que no salgan los granos demasiado duros, quemado solo es posible si el contrato es a través de la administración pública, y esperar, esperar luchando con convicción, el momento en el que un cliente pida una buena paella.