Cuando empezamos con este hilo denominado promenade, que ya definíamos en el post anterior y que expresaba la intención de seguir describiendo nuestros viajes desde un punto de vista personal y arquitectónico, no esperaba que iba a tener que borrar todo lo escrito hasta ese momento antes del viaje, para reescribir lo que hoy se publica. Si sigues hasta el final descubrirás el porqué.
Desde que sabía que íbamos a viajar y teníamos toda la ruta planeada de antemano, pensaba en como describir el viaje, que podría expresar, porque edificios empezar, cuales íbamos a visitar y que hoja de ruta seguiríamos durante los seis días que pasaríamos en la ciudad alemana.
El abanico de posibilidades era extenso. En una ciudad estado como esta, que a su vez es capital de Alemania, existen innumerables obras arquitectónicas por visitar, edificios de diferentes épocas de gran interés arquitectónico, arquitectos cuya influencia varía desde la clásica, a la contemporánea del s. XXI, pasando por el movimiento moderno.
Destaca, además, su historia. Guerras, memoriales, ideologías enfrentadas y una de las épocas más trágicas de la historia mundial que todos conocemos… Desde 1230 cuando se cita por primera vez una pequeña colonia de cazadores y pescadores llamada Berlín, hasta nuestros días, ha llovido mucho en esta ciudad cuyo nombre, y esto no mucha gente lo sabe, significa “ciénaga o tierra pantanosa”. (pero eso es otra historia)
Lo cierto es que llegamos con una planificación densa, con ganas de verlo todo, de experimentar lo máximo y de disfrutar, dispuestos a andar, conocer y empaparnos de aquello que nos rodease. Creíamos que vendríamos con información suficiente para redactar uno de estos artículos, y efectivamente así fue.
Las calles, la ciudad, sus barrios, la arquitectura de sus edificios más anónimos, la de los más representativos, la composición de sus fachadas, el uso de materiales del lugar, la prefabricación como punto de partida, la planificación que se hacía presente en todas partes, el comportamiento cívico de los habitantes, la bicicleta como principal medio de transporte individual o el transporte público como herramienta de movilidad colectiva…Casi cualquier parte invitaba a escribir sobre ello, casi cualquier paseo daba para teclear unos párrafos nuevos, casi cualquier conversación inspiraba nuevas lineas. Se respiraba una atmósfera diferente, distinta a la que había vivido en otras capitales como Madrid, Londres, Paris o Roma. No era mejor ni peor, pero si diferentes. (por romper una lanza respecto a otras ciudades diré que en esta estaba, quizás, muy sugestionado por la intención de recabar información).
Podría haberme decidido a escribir sobre la Puerta de Brandenburgo, una de las primeras visitas al llegar a Berlín, construida por el arquitecto Carl Gotthard Langhans y de claro estilo neoclasico y añadir varios comentarios sobre el Reichstag y su polémica cúpula diseñada por Norman Foster. 
Podría haber centrado el interés en la isla de los museos y ofrecer mi punto de vista sobre temas arquitectónicos de los cuales no seria capaz de afinar lo suficiente y seguro metería la pata. Hablar sobre el Nuevo Museo, la Antigua Galería Nacional, el Museo Antiguo de Berlín, el Museo Bode o el imponente Museo de Pérgamo capaz de albergar en su interior construcciones reales y edificios tales como la Puerta de Ishtar de Babilonia.
Quizás, una buena opción hubiese sido hablar de la arquitectura del movimiento modernos, tratar con aspectos más cercanos, con edificios que he estudiado detenidamente. Hablar de Peter Behrens y la fábrica de turbinas AEG que representaba una emblemática construcción dentro de la Deutscher Wrkbund. La Bauhaus de Walter Gropius. El monumento a las víctimas del Holocausto de Peter Eisenman. La Filarmonica de Berlin de Hans Scharoun y su esquema espacial inspirado en la observación de los músicos callejeros. O el museo de arte judío de Daniel LIbeskind.
Podría, también, haberme centrado en dos maestros de la arquitectura del siglo XX como Le Corbusier, quien proyecto una de sus famosas Unité d´Habitation en la ciudad alemana y que puede considerarse como una síntesis de toda la arquitectura del maestro suizo. O Mies Van der Rohe quien en sus últimos años de vida fue llamado por su nación y retornó para construir un museo de arte contemporáneo en el nuevo foro cultural. El resultado no da pie a la palabra, tan solo a la contemplación.
Incluso podría haber hablado sobre Potsdam, la ciudad que Federico el Grande, rey de Prusia, construyo imaginándose como podría llegar a ser el Belín que imaginaba. Hablar de sus innumerables palacetes, sus kilométricos jardines, el barrio holandés, el cementerio memoria soviético o la Puerta de Brandenburgo que construyó aquí.
Efectivamente podría haber hablado de todo esto y mucho mas. Quizás podría, incluso, usar tan abundante cantidad de recursos para redactar varios textos de esta serie «promenade». Pero la verdad es que regresé abrumado por tan concentrada y buena arquitectura, con mas dudas que certezas sobre que y como expresarme y con más cosas que contar que las que me permiten este puñado de palabras.
Al final me decidí por escribir sobre uno de esos lugares mágicos que parecen menos llamativos que los descritos anteriormente, de esos cuya relevancia parece estar a la sombra de sus semejantes, de esos lugares capaces de trasmitir con luz propia, capaces de hacer sentir, capaces de generar fuerzas internas de las que solo la arquitectura tiene la posibilidad, de esos que una vez dentro conservas en ti y nunca olvidas.
Se trata del Edificio de la Nueva Guardia, una visita obligada en la ruta de todo el que visite la capital que seguramente muchos pasen por alto. Un edificio cuyo espacio interior queda articulado por una piedad, que sostiene el cadáver de su hijo en brazos, situada justo en el centro y sobre ella un óculo, abierto al exterior, que recuerda al que muchos años atrás se imaginase para el Panteón Romano de Agripa y del que seguro Heinrich Tessenow bebió para inspirarse en el proyecto de este edificio que se construyó entre los años 1816 y 1818 por Friedrich Schinkel. Y que, posteriormente, durante el siglo XX fue modificado dotándolo de esa apertura en el centro del cerramiento superior.
El interior, de proporciones precisas y medidas exactas, se funde con los materiales naturales para dotarlo de un aura especial. Allí dentro desaparece toda la ciudad, quedas aislado y solo. El silencio es el protagonista principal de un edificio que confina un único espacio al que la gente no se atreve a entrar por razones que nadie entiende. En la puerta cientos de visitantes espectante. Su interior, libre de barreras, queda custodiado por una entrada elevada del pavimento exterior tres escalones y filtrada por dos filas de columnatas de estilo clásico que sostiene un frontón triangular. Un espacio angosto desde donde los visitantes contemplan la escena sin atreverse a ir mas allá.
Si Friedrich Schinkel  decía “convertir lo acabado, útil y funcional en algo hermoso, esa es la tarea de la arquitectura”, a buen seguro podemos afirmar que Heinrich Tessenow lo consiguió con este proyecto del gran maestro alemán.
 
Interior Edificio de la Nueva Guardia