La palabra promenade, termino francés que no traducimos pero que usamos en nuestro lenguaje, se refiere a la acción de pasear. Cuando en la jerga arquitectónica escuchamos este término, se nos hace inevitable pensar en uno de los maestros del movimiento moderno. Sin embargo, para Le Corbusier, la “promenade”, a la que añadió el término “architectural”, no es solo un paseo. El propio maestro explicaba en un discurso a los estudiantes de arquitectura la connotación del citado término: “La arquitectura se camina, se recorre y no es de manera alguna, como ciertas enseñanzas, esa ilusión totalmente gráfica organizada alrededor de un punto central abstracto que pretende ser hombre, un hombre quimérico munido de un ojo de mosca y cuya visión sería simultáneamente circular. Este hombre no existe, y es por esta confusión que el período clásico estimuló el naufragio de la arquitectura. Nuestro hombre está, por el contrario, munido de dos ojos colocados ante él, a 1,60 metros por encima del suelo y mirando hacia adelante. Realidad de nuestra biología, suficiente para condenar tantos planes que ruedan alrededor de un eje abusivo. Munido de sus dos ojos y mirando hacia adelante, nuestro hombre camina, se desplaza, se ocupa de sus quehaceres, registrando así el desarrollo de los hechos arquitectónicos aparecidos uno a continuación del otro. Él siente resentimiento por la emoción, fruto de sucesivas conmociones. Tan bien, que durante la prueba las arquitecturas se clasifican en muertas y vivas, según si la regla de recorrido haya sido observada o no, o que al contrario ella sea explotada brillantemente”.

La mirada al detalle, las sensaciones, las emociones y un sinfín percepciones sobre el paisaje arquitectónico en los viajes que hemos o vayamos a realizar es lo que pretendemos trasmitir en este conjunto de post denominados PROMENADE. No hay arquitecto que no considere al viaje como la experiencia de aprendizaje más potente. Un viaje no se puede encontrar en internet, ni en algún libro, no sirve que te lo cuenten. Es como la buena comida, nada reemplaza el saborearla. A lo más se puede conocer superficialmente los planos, algunas fotos de interiores o algunos apuntes. A esto muchas páginas de Internet tratan de transmitir lo intransmisible y de paso causar envidiar, aunque en estos relatos más se conoce del degustador que del plato. Al estudiar un libro o mirar alguna revista de arquitectura, siempre nos quedamos con ganas de ver más, de sentir más, no solo el contexto, clima, también olores. Esto es lo que nos mueve a viajar, de buscar similitudes. Conocer lo que no vemos, observar el movimiento de las personas, registrar sonidos que envuelven a estas obras de Arquitectura, cosa que no nos muestran los libros ya que solo son esas pequeñas ventanas.

Nuestra primera etapa ha hecho parada en el norte de España, más concretamente en el municipio de Llanes y San Vicente de la Barquera. Hace ya cierto tiempo que leí una frase que me llamó la atención: “el desafío actual de la arquitectura es entender el mundo rural”, del maestro Rem Koolhaas. En estos tiempos, parece que los arquitectos estamos preocupados en levantar ciudades, la ciudad de los rascacielos y la tecnología, preocupados por el último material que sale al mercado, y pasamos por alto lo que tenemos a mano, lo que ha perdurado en el tiempo, lo vernáculo.

La primera reacción que tuve al adentrarme en las alpinas tierras cantábricas fue echar mano de la historia; ¡cómo iban a conquistar esa tierra los musulmanes! Dichoso emplazamiento. Venía de recorrer cientos de kilómetros por la meseta central, terreno de extensas llanuras que se extienden hasta que alcanza la vista. Cuando al fin pones el pie en tierras asturianas y éste cae directamente sobre la hierba mojada empiezas a comprender las cualidades arquitectónicas circundantes.

Me referiré a los dos pueblos a la vez ya que comparten ciertas similitudes arquitectónicas. Son pueblos costeros que tienen su gran explosión demográfica sobre el siglo XII pero que la mayoría del patrimonio que conservan es del siglo XV en adelante. Si hay una cosa que llama la atención es el grado de conservación del patrimonio. No es de extrañar. Esa apariencia imperecedera que ofrecen tiene algo que ver con el uso de la piedra natural, que de forma habitual erige muros que exponen espesores en sus encuentros y aberturas al exterior. Algo saben de esto Alejandro de la Sota y Rafael Moneo, ambos del norte, que han acudido a este material para algunas de las obras más reconocidas de la arquitectura española como el Gobierno Civil de Tarragona o el Ayuntamiento de Murcia.

Las estrechas callejuelas de los cascos históricos ofrecen un sinfín de emociones que te hacen percibir desde el primer detalle artesanal de algún revoco hasta el olor procedente de la olla de fabada que se desprende por el ventanuco. Al igual pasa en las numerosas plazas donde los soportales son, a menudo, testigos de las más efímeras conversaciones entre vecinos que se cruzan bajo sus abovedados techos. Esa escala de urbanismo dista mucho de las grandes avenidas que se proyectan en la actualidad en pro del automóvil y faltas de calidez.

Otro rasgo común de la arquitectura tradicional del norte, sobre todo en construcciones posteriores al siglo XVIII, es el uso de la galería acristalada que suele configurar los paños superiores de fachada. Este recurso pasivo de captación solar suele ser el único elemento sobresaliente de una arquitectura de límites, donde prima la compacidad. Quizás sean estas las características mas distantes en lo que arquitectura mediterránea se refiere, donde se facilita la transición entre el interior y exterior a través de los porches o patios interiores, en lo que podríamos denominar “arquitectura de la sombra”.

Ya en zonas de extrarradio de la ciudad, llama la atención una serie de casonas que dominan el medio por su altura y diseño. Documentándome a posteriori, descubro que se trata de la denominada “arquitectura indiana”. Consiste en una serie de edificios que se levantaron por aquellos que emigraron a las Américas en busca del “sueño americano” y tuvieron la fortuna de poder volver con gran disponibilidad económica. Es una arquitectura de estilo ecléctico donde el ornamento juega un papel fundamental en el aspecto de la vivienda. Es común el uso de torres que coronan la vivienda y la urbanización exterior con elementos propios del jardín tropical.

Para finalizar esta primera etapa, y ya de vuelta a tierras murcianas, hacemos escala en la localidad de Coca para visitar su imponente castillo. Se trata de una fortificación construida en el siglo XV y considerada una de las mejores muestras del gótico-mudejar español. Llaman la atención dos detalles; el uso desmesurado del ladrillo cerámico, tanto en muros como elementos ornamentales, y un gran foso perimetral que obliga al turista a realizar una gran promenade architecturale alrededor de él hasta poder llegar a la puerta de acceso. Como alguien diría: paradojas de la vida.

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